viernes 12 de agosto de 2011
Fauna de la zona
Lobito de río.
De dónde venías,
cómo caíste en sus garras,
cuánto habrá herido tu carne
el rifle y la risa maliciosa
de los lugareños,
la tropilla ociosa de muchachos
que viven lejos del suelo,
montados en sus carros,
jinetes y bestias a la vez.
Errando perdido y confuso
no pudiste saberlo,
lobito de río;
y te dejaron ir con la marea
porque eras algo ya vivido,
ya pasado.
Podrán decir muchas cosas
pero jamás negarlo.
miércoles 30 de marzo de 2011
Formas compartidas
pateando un guante,
la alegría es súbita
y algo extravagante,
al pensar
que
como imagen para poema
es algo más inesperada,
y potencialmente novedosa
-piensen en todos los símbolos posibles-,
que sólo ir pateando piedras.
Es una de esas alegrías
capaces de invitar
a la forma compartida:
como un beso,
como una botella descorchándose,
suspirable, tenaz,
un deseo que se descubre en camino.
viernes 27 de agosto de 2010
El sueño del loco
la cama destendida,
el cuerpo flaco y algo transpirado,
pantalones de jeans cortados hasta la rodilla,
descalzo y en cueros,
las manos detrás de la cabeza,
como un detenido,
(risa nerviosa del loco)
la mirada en el techo enmohecido
el pucho en la boca,
el humo expandido
silencioso y azul,
la cabeza con esa idea,
de nuevo.
Mejor dormido, ¿no?
El loco en el intento de un pacto con su conciencia
sorprendentemente sorprendente,
con esa especie de culpa encima,
de cuándo?
No, para nada.
Nada.
La nada como un río en picada,
inclinado,
como desde una montaña,
un rápido, eso,
un rápido pero libre de rocas y salmones,
una selva alrededor,
árboles oscuros de un verde ennegrecido,
como si detrás la noche,
sí, la noche detrás,
y la caída hacia un abajo interminable,
los pies por delante,
el cuerpo acostado sobre ese río en declive,
al lado de otras personas,
como en una carrera, unos adelante,
otros atrás,
el aumento de la velocidad,
sí, una carrera,
la aceptación casi inmediata de una realidad
a la espera de algo nuevo y espectacular,
pero nada como la caída y la zambullida vertiginosa,
la sensación de ahogo,
el cuerpo en lucha contra esa muerte de mentira
-¿de mentira?-
la desesperación por la falta de aire,
el agua caliente
a medida que el cuerpo más hundido,
aún en ese declive,
otro rumbo de la carrera,
quizá el único y verdadero,
el fondo sofocante,
abismo,
pequeño infierno,
despojo de la naturaleza,
culpable de los crímenes pasados,
sin posibilidad de nada.
Nada
viernes 6 de agosto de 2010
Members only
una serie de experiencias
en las cuales estaba buscando algo
que no encontró;
digamos, no gran cosa,
emociones reveladoras,
alguna explicación para sus adentros,
lo que jamás ha ocurrido.
Es entonces cuando nosotros entramos en su vida
y hacemos lo que hemos hecho con usted.
Desde ahora no sabrá mucho más de lo que está ocurriendo.
De nuestra parte, lo liberamos de la necesidad
de siquiera de hacerse una idea;
es decir, piense lo que piense,
haga lo que haga,
es inútil en este lugar.
Puede elegir matarse,
pero usted no parece educado
para esa tendencia
tan radical.
Nos atrevemos a sugerirle
que trate de vivir y conocer el lugar,
a los invitados,
y a lo mejor lo veremos en condiciones
de decirle algo.
viernes 25 de junio de 2010
Escarcha
sus líneas irregulares,
su espacio escondido,
sólo recibe miradas que apenas marcan
en las estadísticas,
soslayos insignificantes
por los cuales ya no bailan
ni enseñan sus navajas
los de siempre.
No me sumo
ni hago falta.
Tampoco dejo de pertenecer
a lo sin nombre,
a la escarcha que se resquebraja,
a la preferencia por las vías muertas.
A falta de óbolos
quedarán los cuencos vacíos,
en cuya oscuridad buscarás
para negar miserias.
lunes 14 de junio de 2010
N/N
Esta vez hay un operativo policial; un taxista ha entregado a dos muchachos que viajaban con él, eso es lo que explica a los curiosos. Los muchachos tienen las manos apoyadas al patrullero y esperan un descuido de un agente gordo que los vigila. Ese descuido ocurre y los muchachos escapan. Yo estoy en medio de la escena y veo al agente gordo que saca su nueve milímetros y dispara. Ese disparo me da en la frente.
Yo sigo caminando, cruzo la rotonda mientras veo cómo uno de los muchachos corre hacia unas tomas abandonadas, y escucho la sirena de un patrullero que ha llegado a sumarse a la captura.
Llego a mi casa. Caliento la cena. Me siento a comer mientras miro la televisión. La voz gangosa del intendente anuncia nuevas obras de veredas y jardines en los barrios a orillas del río. En un momento la sangre me cubre la vista. Me limpio con el antebrazo y sigo comiendo. La siguiente noticia habla de un operativo en la rotonda a la entrada del barrio: un detenido. Termino de cenar. Miro un rato más de televisión; doy vueltas por todos los canales disponibles, termino masturbándome frente al canal pornográfico, codificado, en donde apenas se ven algunas líneas y formas deducibles.
Me limpio con servilletas de papel. Me lavo los dientes en el baño. Miro mi agujero en la frente: la sangre está seca. Me lo cubro con un mechón del pelo.
Llego hasta la habitación. Me acuesto. Miro el techo. Apago la luz. Cierro los ojos.
Muero.
viernes 21 de mayo de 2010
El retorno del payaso onanista (primer embate)
para leer este poema;
si hubiera que decir algo sobre este poema,
podría exagerar un poco
y ponderarlo como la expulsión viscosa
que parece brotar de las entrañas,
y sobre la que se amontona tanto papel impreso
y cenizas de tiempos oscuros.
No sé muy bien de dónde vino este poema,
el agotamiento y el hartazgo
no son suficientes excusas
para no indagar en sus primeras causas;
y aún así.
Podría ser la propia estupidez,
ésa que nos corresponde por especie,
la que se ejerce en privado o al aire libre,
y que cristalizan en conducta otros idiotas.
Si los motivos fueran la contestación indignada,
sería un mal poema
puesto que mis interlocutores ideales ya han muerto,
y no creo que sirva de algo discutir con un poeta vivo;
la mayoría me intimida:
cuando me gritan,
cuando parecen sufrir,
cuando parecen rasgarse las vestiduras,
y digo parecen porque,
entre nosotros,
cuánto les dura el berrinche.
Ven? Ya me sacan del eje,
ya se calienta la sangre,
mala señal;
por suerte es por un rato,
no más;
la sangre regresa a su ritmo,
en el que deja de ser motivo,
patrimonio,
esencia,
etc.
Es probable que,
luego de unos días,
si se lo deja estacionado, al poema,
otros ojos, el mismo cuerpo,
haga sus retoques,
que no tienen nada que ver
con la musicalidad de las sílabas,
ni con los movimientos de las palabras,
ni con el coloridos ni las imágenes;
a quién se le ocurre que eso sea importante?
Son las miserias del sentido,
las palabras manoseadas,
vueltas emblemas,
el desteñido del abuso,
uno mismo,
que ya desconfía
de esa mañana en la que,
mientras el mate ponía a las tripas en movimiento,
creímos, por así decirlo,
y escribimos palotes
mientras la úlcera ardía.
Tengo la suerte de saber más o menos por dónde va el poema;
a esta altura se contiene
de las buenas intenciones,
se abandona a un fluir poco armónico,
pero no se hace drama;
aunque sí te espera, lector oyente,
sí quisiera tocar alguna fibra tuya,
-abrir algún escote, si no es mucho pedir-,
o, ya saciado,
sólo quiera sentarse a tu lado,
preferentemente distendido,
a ver qué pasa.
Se trata de probar,
como los perritos nuevos,
a lo ensayo-error;
si no llega,
al menos saber cuánto falta para llegarte.
Si hay amor de por medio,
sentir que es posible a pesar de los versos;
permitir las segundas intenciones,
los intersticios,
ese pie por debajo de la mesa.
Si no nos queda mucho tiempo,
si la impaciencia,
si el retorno del agotamiento y el hartazgo,
si los tiempos en que se viven;
sigamos en esta sintonía,
no nos perdamos en las creencias
ni en nuestro honor mancillado;
olvidemos un instante al hombre que se define a sí mismo.
domingo 31 de enero de 2010
Escritos en el polvo
Un ocaso
Esta cicuta es el abandono
de todo aquello
que nos ata a la más perversa seguridad;
es la duda inmortal frente al vacío.
Sutil en mi sangre,
todo se reemplaza;
hasta el cuerpo proyecta
una sombra que parece huir,
siempre más allá de esta calma inútil.
Aquí te dejaré,
ya que mi copa
espera tras el sol oculto.
Este horizonte rasgará un velo sacro:
el lino y el arca quedarán expuestos
para perderse en una síntesis,
o bajorrelieve,
signo o columna de templo.
Cuerpos
Por tu cuerpo,
el agua,
descubre que fuiste lecho,
y que surcos,
no visibles,
aún llevas dentro tuyo;
se desliza,
el agua,
por tu cuerpo,
y sabe,
el agua,
que eres río también,
río de lava y memorias,
memorias de esa lava,
y te lleva, el río,
te recorre y te habita,
mientras te lleva,
este río,
junco desprendido,
por las venas de la tierra,
cuerpo también que flota
entre lava y memorias.
Los campos sembrados
Sin decirlo,
como cuando se sabe
que soñamos,
nos esperamos en el prisma
de una mirada;
y en esa contemplación
el espacio se dilata
en la pupila atenta,
como un campo iluminado
por el amanecer.
Dónde queda, entonces,
el espacio justo para la palabra
que, se dice,
es el gesto
capaz de dar la vida
o quitarla,
si frente a ese campo,
la luz matinal
nos maravilla, por así decirlo,
hasta el punto de
enmudecer.
Será,
disfrutaremos de ese silencio,
que no es la falta de
‘cosas para decir’,
sino más bien la señal
de que los campos sembrados
reverdecen con la luz,
y que el único sonido apreciable
es el arrullo del río
que nos espera
más allá.
Restos de naufragios
A Neruda, por algunas cosas
Acaso estas palabras se acerquen al poema
ya que el poema es siempre otra cosa:
un cuadro lleno de pájaros ausentes
que se presienten en el dibujo de las nubes;
un muelle en el que cabecean unos botes,
donde hay uno que no regresará;
el sueño de un ermitaño
que, despierto y liberado,
contempla el amanecer;
la primera palabra del primer hombre
frente al mar.
Acaso el poema huye de mí,
dejando una estela de sonidos
y signos arbitrarios,
perdiéndose,
como un faro sumergido,
apenas su luz en la superficie.
Acaso ya estoy muy lejos de él
y, sin embargo, persisto.
Los restos de un naufragio en la costa
me acercan a la idea de un barco,
pero no a su totalidad.
Rupestre
en la madera,
lo que dibujan mis dedos
en la tierra,
marcas que otros dirán
si heridas del alma,
si figuras geométricas,
si criptogramas que encierran
ciencia y misterio,
hoy son apenas barro
y piedras del arroyo,
luciérnagas que atrapo
para luego dejarlas volar,
nada más.
Rancho aparte
***
Mucho tiempo atrás, el suicida, ocupado con otros asuntos, descubrió que durante la semana se había sentido triste, todos los días. Al principio no supo por qué le ocurría, pero luego fue convenciéndose que había una nostalgia metida en esa tristeza. El origen de esa nostalgia, la referencia que la evocaba, fue llegando a su memoria a través de imágenes en apariencia inconexas. Eso duró poco.
***
El comediante sonreía con picardía, moviendo la mano izquierda, moviendo los dedos en una mueca ambigua. Dijo venir algo estresado por el viaje en avión e intercaló el primer chiste de la noche: luego de haber mencionado la lluvia durante su vuelo, el comediante preguntó a audiencia si sabían por qué, en días de lluvia, los aviones en servicio no sufrían de mojarse. Se hizo un silencio de blanca, y corchea arriba él mismo respondió que la razón que impulsaba que los aviones en servicio no padecieran el inconveniente de mojarse se debía a que los aviones ‘llevan piloto’, en palabras propias del comediante. El público soltó una risa seca, la que se repitió con menos volume, ya sin la sincronización que sorprendió y causó gracia de la anterior. Luego vino un aplauso breve, como para que el comediante se sintiera algo animado a continuar. Éste sostuvo esa sonrisa de costado y pasó a detallar la apariencia de sus compañeros de viaje. El público se fue relajando ante algunas descripciones, como la del busto de la mujer de su derecha, el cual poseía una voluptuosidad capaz de lograr que ese hombre –el comediante-, mientras viajaba con ropa deportiva, ‘levantara carpa’, advirtiendo que esa acción estuvo siempre a punto de ocurrir, y que lo único que podía alejarlo de ese estado era mirar a su izquierda y observar con atención la superficie de la cara de una señora de cincuenta, vestida como adolescente. Según el comediante, realizar ese giro, encontrarse de golpe con un rostro espantoso, era una forma de regresar a la cordura de la vida real.
***
La primera reacción fue, quién lo creería, admitir los encuentros. Parecíamos entender a la perfección la razón que permitía que nos viéramos, siempre en veredas opuestas. A veces íbamos al mismo lugar; en esos casos los dejaba ir primero, se me ocurría que podían llevar prisa. También eso me generaba cierta idea de ventaja sobre ellos, seguida de una actitud paternal con la que parecía llevarme muy bien. Algunos días, el paseo sólo ocurría para encontrarlos: recordaba una calle, un momento, y me dirigía hacia el lugar. Ellos pasaban, me miraban, siempre desde esa distancia que implica la indiferencia; algunos me saludaban, o yo me creía eso, moviendo la cabeza. Jamás se detenían, a menos que yo no recuerde lo contrario
Pero, pese a entender en cierto modo la razón del porqué de los encuentros, ese entendimiento no estaba al alcance de la mano. A la hora de pensar la explicación concreta de los encuentros, no era posible darle forma. Esto no encajaba con la aceptación inmediata del fenómeno, y en consecuencia cundían algunas sospechas acerca de la naturaleza de esa aceptación. Pese a las sospechas, preferí dejar de indagar y cuidar, como podría decirse, de esta frontera de la mejor forma: no cediendo la tentación que conquistar más allá de la cordura.
Con el tiempo, nuestros encuentros se fueron volviendo un pasatiempo ineludible. Aun hoy, verlos caminar hacia rumbos ya conocidos, verlos salir de un bar, de un comercio, casas de amigas, me despierta una ternura poco usual.
***
Lo dulce y lo picante son percibidos por áreas diferentes de la lengua. Así pasaba un plato de bananas fritas a manera de guarnición, al lado de un filete adobado. El contraste era aceptable y curioso al principio; luego el vino pasaba y se dejaba estar, hasta que el siguiente bocado reiniciara ese placer. Con sencillez, Almonacid recibió ese placer, lo consideró un instante, percatándose además del colorido de su entorno, de la brisa húmeda del mar, y el sonido de las olas chocando en las rompientes. Había escapado.
Sobre la oscuridad de los albinos
Una vez encerrados en el ‘quincho’ de la casa paterna, quizá el lugar donde comenzó todo, ya no son tres sino cuatro. Ese momento no les es nada grato. El cuatro albino es una personalidad dominante y generalmente malhumorada, que los obliga a azotarse y a cumplir con todos sus caprichos. Los otros tres conocen de memoria toda la historia con la que el cuatro los enfrenta, de la que no pueden objetar nada, y de la que sólo una culpa insuperable perece ser el único motivo de tanta obediencia dolorosa.
Algunos de los caprichos del cuarto albino debe cumplirse fuera del tiempo del suplicio de esa reunión, y a simple vista suelen ser juzgados por meros actos vulgares o más propios de las personas deshonestas.
Hasta ahora, cualquier intento de profundización sobre esa oscuridad, incluyendo detalles más específicos sobre las palabras del cuatro albino, ha sido casi nulo. Los tres se vuelven confusos, algunos días nos hacen creer que sólo son dos, pero en los días festivos se los ve a esa totalidad cotidiana, oficial, junto a sus mujeres no albinas e hijos no albinos. De su trato con los vecinos puede deducirse que hay algunos resabios propios de la paranoia; de esta conducta se desprenden otras deducciones: creen que alguien los ha espiado, que alguien vio al cuarto albino, un imposible en verdad; o que entre los chasquidos de los azotes y las exclamaciones propias de la carne sufriendo, han sido escuchados en el fragor de la clemencia. Nada puede probarse aún. Seguimos alertas, a la espera de más datos.
